Pregunta: "¿Es Jesús Dios? ¿Alguna vez Jesús afirmó ser Dios?"
Respuesta: En la Biblia, no hay un registro de Jesús diciendo las palabras precisas, “Yo soy Dios.” Sin embargo, eso no significa que El no proclamó ser Dios. Tome por ejemplo, las palabras de Jesús en Juan 10:30, “Yo y el Padre uno somos”. A simple vista, esto no parecería ser una afirmación de ser Dios. Sin embargo, escuche la reacción de los judíos a Su declaración, “Por buena obra no te apedreamos, sino por la blasfemia; porque tú, siendo hombre, te haces Dios” (Juan 10:33). Los judíos entendieron la declaración de Jesús al afirmar ser Dios. En los versículos siguientes, Jesús nunca los corrige diciéndoles, “Yo no afirmé ser Dios”. Eso indica que Jesús realmente estaba diciendo que era Dios al declarar, “Yo y el Padre uno somos” (Juan 10:30). Juan 8:58 es otro ejemplo. Jesús les dijo “De cierto, de cierto os digo: antes que Abraham fuese, yo soy”. Nuevamente, en respuesta, los judíos tomaron piedras para arrojárselas (Juan 8:59). ¿Por qué los judíos querrían apedrear a Jesús, si El no hubiera dicho algo que ellos creían era una blasfemia, concretamente, una afirmación de ser Dios?
Juan 1:1 dice que “El Verbo era Dios”. Juan 1:14 dice que “Aquel Verbo fue hecho carne”. Esto indica claramente que Jesús es Dios en la carne. Hechos 20:28 nos dice, “… para apacentar la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre”. ¿Quién compró la iglesia con Su propia sangre? Jesucristo. Hechos 20:28 declara que Dios compró la iglesia con Su propia sangre. ¡Por tanto, Jesús es Dios!
Con respecto a Jesús, Tomás el discípulo declaró, “Señor mío, y Dios mío” (Juan 20:28). Jesús no lo corrigió. Tito 2:13 nos anima a esperar la venida de nuestro Dios y Salvador – Jesucristo (vea también 2ª Pedro 1:1). En Hebreos 1:8, el Padre declara de Jesús, “Mas del Hijo dice: Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo; cetro de equidad es el cetro de tu reino.”
En Apocalipsis, un ángel ordenó al Apóstol Juan adorar solamente a Dios (Apocalipsis 19:10). En algunas ocasiones en la Escritura, Jesús recibe adoración (Mateo 2:11; 14:33; 28:9,17; Lucas 24:52; Juan 9:38). El nunca reprendió a la gente por adorarle. Si Jesús no fuera Dios, El hubiera dicho a la gente que no le adoraran, justamente como lo hizo el ángel en Apocalipsis. Hay muchos otros versículos y pasajes de la Escritura que alegan la deidad de Jesús.
La razón más importante para decir que Jesús tiene que ser Dios, es que si El no es Dios, Su muerte no habría sido suficiente para pagar la penalidad por los pecados de todo el mundo (1ª Juan 2:2). Solamente Dios pudo pagar tal penalidad infinita. Solamente Dios pudo tomar los pecados del mundo (2ª Corintios 5:21), morir, y resucitar - probando Su victoria sobre el pecado y la muerte.
martes, 4 de abril de 2017
MILAGROS
En primer lugar, porque no estamos seguros de si todos las historias similares en diferentes Evangelios son el mismo milagro. Jesús realizó muchos milagros que probablemente eran casi idénticos. Así que algunos de los milagros que enumero como un milagro en diferentes Evangelios pueden ser en realidad más de un milagro.
En segundo lugar, ¿qué es un milagro? Jesús podía aparecer y desaparecer después de su resurrección, pero eso era sólo parte de su naturaleza. Jesús podía predecir el futuro, y ver en las mentes de la gente, pero eso era sólo su naturaleza.
También hay casos de la providencia, como el dinero en la boca del pez. Dios trabaja de maneras increíbles todos los días a través de su providencia, pero eso no es lo mismo que un milagro inusual y sobrenatural.
Por último, sabemos que Jesús ha trabajado en formas divinas en toda la historia – esta lista sólo se refiere a su vida según lo registrado en los cuatro Evangelios.
MILAGROS DE JESUS
¿Qué clase de milagros hizo Jesús? Y ¿cuántos?
Los milagros de Jesús fueron registrados por testigos oculares pocos años después de su vida. Pero no sabemos cuántos milagros que Jesús hizo, porque no todos fueron escritos. Uno de los discípulos de Jesús, Juan, escribió: …Y hay también muchas otras cosas que Jesús hizo, que si se escribieran en detalle, pienso que ni aun el mundo mismo podría contener los libros que se escribirían. (Juan 21:25)
Cada uno de los cuatro Evangelios nos habla de ciertos milagros por una razón. Algunos se describen en más de un Evangelio, algunos en sólo uno o dos.
He aquí un resumen de los milagros (a menudo llamadas “señales”) que tengamos conocimiento. Son más o menos en orden cronológico (aunque en muchos casos no estamos seguros de cuándo ocurrieron). Después de la lista, voy a compartir un poco más de información.
10 cosas que hizo Jesús en la cruz por nosotros
1. Nos salvó
Dios nos regaló la salvación tremenda, mediante el acto de Jesús en la cruz del calvario.
“Aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Ef. 2.5-9 RVR 1960)
2. Nos justificó
“Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.” (Ro. 5:1 RVR 1960)
a. La justificación es el acto mediante el cual Dios declara justo al injusto.
b. No significa hacer al pecador justo, sino declarar que es justo, Aun los justificados no son completamente justos en sus vidas.
c. Es más que el perdón. El perdón libra de la condena del pecado, pero no de la culpabilidad. A veces los oficiales perdonan a un reo, pero esto no significa que es culpable.
d. En la justificación, Dios no solamente perdona al pecador, sino que también lo declara justo y libre de la culpabilidad de su pecado. Delante de Dios es como si nunca hubiera pecado–Entonces tiene paz para con Dios. (Romanos. 5:1).
3. Nos reconcilió con el Creador
“Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos.
4. Nos redimió del pecado
5. Perdonó nuestros pecados
6. Selló el Nuevo Pacto
7. Nos abrió el camino al Lugar Santísimo
8. Nos dio la vida eterna
9. Y ahora nada nos puede separar de Dios
10. Ahora somos su pueblo y herederos de sus promesas
Dios nos regaló la salvación tremenda, mediante el acto de Jesús en la cruz del calvario.
“Aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Ef. 2.5-9 RVR 1960)
2. Nos justificó
“Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.” (Ro. 5:1 RVR 1960)
a. La justificación es el acto mediante el cual Dios declara justo al injusto.
b. No significa hacer al pecador justo, sino declarar que es justo, Aun los justificados no son completamente justos en sus vidas.
c. Es más que el perdón. El perdón libra de la condena del pecado, pero no de la culpabilidad. A veces los oficiales perdonan a un reo, pero esto no significa que es culpable.
d. En la justificación, Dios no solamente perdona al pecador, sino que también lo declara justo y libre de la culpabilidad de su pecado. Delante de Dios es como si nunca hubiera pecado–Entonces tiene paz para con Dios. (Romanos. 5:1).
3. Nos reconcilió con el Creador
“Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos.
4. Nos redimió del pecado
5. Perdonó nuestros pecados
6. Selló el Nuevo Pacto
7. Nos abrió el camino al Lugar Santísimo
8. Nos dio la vida eterna
9. Y ahora nada nos puede separar de Dios
10. Ahora somos su pueblo y herederos de sus promesas
EL RETORNO DE JESUCRISTO
EL RETORNO DE JESUCRISTO
Una vez examinados los diferentes aspectos de la obra de Cristo, nos resta poner un acento especial a su segunda venida. Él mismo prometió que volvería para poner fin a este sistema mundial, y terminar de una vez con el dolor, la enfermedad, el hambre, las catástrofes, la injusticia... Dicho en otras palabras: destruir el imperio de la muerte y establecer un nuevo orden de cosas, donde la paz y la justicia reinen para siempre. «He aquí yo hago nuevas todas las cosas» (Ap. 25:5), declaró nuestro Señor.
Sería recomendable meditar con frecuencia acerca del regreso de Cristo. Y en esta reflexión, nos preguntamos ahora: ¿Cuándo vendrá? En realidad nadie lo sabe, pero los acontecimientos presentes parecen indicar que tal vez puede ser hoy mismo: «De la higuera aprended la parábola: Cuando ya su rama está tierna, y brotan las hojas, sabéis que el verano está cerca» (Mr. 13:28). ¿Cómo vendrá? Con poder y gloria, indiscutiblemente, y rodeado de su santos ángeles, llevando como bandera toda la autoridad celestial: «Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo» (1 Ts. 4:16). ¿Para qué vendrá? Si bien la primera venida marcó una etapa de oportunidades para el hombre, donde su amor a Dios ha de ser probado, la segunda venida de Jesús indicará el final de este mundo, esto es, el Juicio de Dios para los incrédulos, y el principio de un nuevo y maravilloso mundo para los creyentes en Cristo.
Ante la perspectiva del retorno de Jesús en gloria y la participación de los hijos de Dios, la Escritura es muy precisa: «Cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria» (Col. 3:4). El esplendor oculto de la vida eterna, se descubrirá en todo cristiano cuando Jesús regrese. Entonces, y no antes, la excelencia de la nueva vida en Dios se mostrará junto con la aparición visible del Señor de señores y Rey de reyes. «He aquí que viene con las nubes» (Ap. 1:7). Esta consideración ha sido motivo de esperanza e ilusión para los cristianos de todas las épocas, y especialmente para una iglesia naciente que creyó en un regreso inminente de Jesucristo. Pero no miremos al pasado, sino al futuro, porque el final de la Historia, por lo que advertimos proféticamente, se halla a las puertas. Tengamos por cierto que el retorno de Jesucristo en gloria para buscar a sus santos, es decir, a todo pecador redimido, se puede producir en cualquier momento.
Recapitulando este apartado, podemos afirmar que ninguna persona se convierte en cristiana sólo por creer en la existencia de Cristo, seguir sus doctrinas, o reconocer sus enseñanzas. El cristiano lo es sobre Cristo mismo: lo es sobre la base de su primera venida, de su muerte en la cruz, de su gloriosa resurrección, y de su segunda venida. Sin perder de vista, por supuesto, que la distinción del título de cristiano se evidenciará por el seguimiento fiel al maestro Jesucristo.
Debido a los tiempos que corren, resulta oportuno poner especial atención a los sucesos históricos que nos rodean, ya que éstos parecen indicar que el retorno de Jesucristo está muy próximo. En el momento menos esperado regresa nuestro Señor... Y sin perder esta grata emoción, habremos de mantener nuestro corazón expectante a tan magnífico acontecimiento.
Con este sentir, la anunciación del ángel a los discípulos nos confirma la verdad de su pronta venida: «¿Por qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo» (Hch. 1:10,11). Cristo viene, y viene pronto... ¿Estás preparado para encontrarte con Él?
La esperanza del cristiano, es que Cristo viene.
EL MODELO DE JESÚS
EL MODELO DE JESÚS
Para obtener su salvación personal, el cristiano ha creído en la muerte y resurrección de Cristo a su favor. Sin embargo, la imagen del Cristo histórico todavía permanece viva en las Páginas sagradas. De hecho, el verdadero creyente sigue considerando la figura de Jesús con el objeto de poder imitar su ejemplo. Justamente, la venida y muerte de Cristo por nosotros, no sólo representa un dato informativo que nos corresponde aceptar, sino más bien una muestra del profundo amor de Dios que debe impregnar nuestros pensamientos, además de nuestras acciones. Una detenida reflexión acerca de la obra de Jesús, debería de producir un eterno sentimiento de gratitud en todo creyente, a la vez que un deseo natural de adorarle y seguir sus pasos en el servicio de la vida cristiana.
El modelo de Cristo nos ayuda a comprender que el cristiano no vive la fe en el plano de su propia espiritualidad particular. En esto, tenemos el ejemplo de vida que Jesús nos ofreció, donde la santidad y el amor de Dios se vio reflejado en la ética diaria. Por esta razón no se puede concebir un cristianismo teórico, donde el amor al prójimo prescinda de su carácter práctico. De forma contraria el cristiano hace honor a su título, cuando en espíritu de obediencia considera la conducta de Jesús, e intenta reproducir su modelo de vida: en su ejemplo de entrega, de amor, de enseñanza, de compasión, de servicio, y demás expresiones de su buen hacer. La propuesta del Maestro fue notoria entre los discípulos: «Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis» (Jn. 13:15). En esta línea presentada, se hace obligatorio contemplar el ministerio de Cristo, examinando su particular manera de actuar, para poder así reunir aquellos ejemplos prácticos de una vida que fue en todo sencilla y en gran medida servicial.
El cristiano aprende en los evangelios sobre las enseñanzas de Jesús, y asimismo recapacita acerca de su ejemplo. Imaginemos que Jesús viviera en nuestra época actual: ¿Cómo obraría? ¿Cuál sería su proceder? ¿Cuál su forma de hablar y de actuar? Seguramente que su vida llena de amor al prójimo y su deseo de hacer el bien, no pasarían en modo alguno inadvertidos. La recomendación bíblica parece señalar lo hasta aquí expresado: «Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de nuestra fe...» (He. 12:2). De tal forma, el cristiano fiel no mira a Jesús en el espacio infinito, sino al Jesús de los evangelios, y así logra comparar su deficiente vida con la vida perfecta que de Él tan naturalmente se nos describe.
Pensamos que nadie tiene derecho a llamarse cristiano, si como hemos visto tiene en muy poco considerar el ejemplo de Cristo para, en mayor o menor medida, poder seguirlo.
El cristiano es discípulo de Cristo, porque sigue a Jesús.
LA RESURRECCIÓN DE CRISTO
LA RESURRECCIÓN DE CRISTO
Como venimos señalando, tanto la venida como la muerte y resurrección de Jesucristo, forman parte de una realidad contemplada con verdadero interés por millones de personas. Entre ellas se hallan los cristianos nacidos de nuevo, que han sido identificados con este maravilloso hecho histórico, y con sus implicaciones espirituales y eternas.
Ahora bien, no podemos confundir la resurrección de Jesús con la resucitación momentánea que experimentaron algunos privilegiados: caso de Lázaro (Jn. 11:1), la hija de Jairo (Mr. 5:22), y de algunos otros en el momento de la muerte de Jesús en la cruz (Mt. 27:52). Es más, la resurrección de Cristo fue el modelo del que tomará ejemplo la resurrección final de todo cristiano. «Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es» (1 Jn. 3:2). De modo que la resurrección del cuerpo humano en perfección, está representada en el «nuevo hombre», que es Jesucristo, como cabeza de una nueva creación de seres humanos (Gá. 6:15).
No cabe la menor sospecha de que la resurrección de Jesús fue un hecho sobrenatural, y muchos de los contemporáneos no pudieron negar las evidencias. No sólo sus discípulos presenciaron la maravillosa escena, sino que además cientos de personas contemplaron al Cristo resucitado. Las indicaciones del apóstol Pablo son claras y precisas: «Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; y que apareció a Cefas, y después a los doce. Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, y otros ya duermen. Después apareció a Jacobo; después a todos los apóstoles; y al último de todos, como a un abortivo, me apareció a mí» (1 Co. 15:3-8).
Repasando las Páginas sagradas, vemos que la verdad de la resurrección de Cristo fue suficiente para cambiar radicalmente el mundo de entonces. En aquellos momentos tan especiales, advertimos que los discípulos no estaban en ninguna manera tristes y meditabundos por la muerte de su Maestro; todo lo contrario, daban testimonio de su resurrección con gran fervor y valentía. Y pensamos que este propio entusiasmo no pudo ser más que la reacción natural de observar con sus propios ojos al Maestro resucitado; pues este hecho milagroso, les confería la garantía de su propia resurrección futura, al igual que la de todo verdadero creyente. Asimismo, la resurrección de Jesús fue una de las columnas que sustentaron el mensaje de los primeros cristianos. El apóstol Pedro, con gran seguridad, anunciaba al pueblo judío: «Y matasteis al Autor de la vida, a quien Dios ha resucitado de los muertos, de lo cual nosotros somos testigos» (Hch. 3:15). Nos permitimos aquí utilizar el buen juicio, y reconocer que si verdaderamente Cristo no llegó a resucitar, como piensan algunos, la predicación de los primeros cristianos no habría tenido demasiado sentido. Con toda razón confesaba el apóstol que «si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe» (1 Co. 15:14). Es verdad, ¿qué intereses pudieron esconder aquellos discípulos para predicar acerca de un Mesías despreciado por su pueblo y muerto en manos del poder romano? Suponiendo que la resurrección de la que hablamos fue una invención del cristianismo primitivo, también las afirmaciones de Jesús antes de su muerte fueron falsas, pues él mismo declaró en varias ocasiones que una vez muerto resucitaría. Así dijo a sus apóstoles: «Pero después que haya resucitado, iré delante de vosotros a Galilea» (Mt. 26:32). Véase también Mateo 16:21 y Marcos 9:9. Si aceptamos como verdad que Jesucristo no resucitó, deducimos que sus discípulos fueron demasiado ingenuos, y al parecer creyeron fielmente la mentira inventada por su Maestro, la cual posteriormente ellos mismos, con toda conciencia de mentira (al no cumplirse las palabras de Jesús) defendieron absurdamente. Si admitimos este presupuesto, el mensaje que ellos transmitieron al mundo, y al parecer con plena certeza y convicción de lo que afirmaban, fue en cualquier caso la conformación de una artimaña demasiado perfecta. Pero, ¿cómo podemos pensar que ellos predicaron, sufrieron y murieron, a sabiendas de que todo formaba parte de un gran fraude? Cualquiera que recapacite de forma serena, encontrará ilógico pretender salvaguardar esta postura.
Pese a que algunos mantengan su obstinación, declarando que Cristo no llegó a resucitar, no obstante, debemos considerar a todos los millones de cristianos que han creído y todavía creen firmemente en la resurrección de Jesús. Contrariamente a las objeciones argüidas, el cristiano ha creído fielmente en la resurrección histórica de Jesucristo; y esto no se debe sólo a las varias razones ya mencionadas (la tumba sigue vacía), sino en primer término al encuentro espiritual que ha experimentado con el Jesús divino. Tal experiencia le ha provisto de una profunda e inevitable convicción interior; y ello provocado por la acción del Espíritu de Dios, que le atestigua de que ciertamente la resurrección corporal de Cristo fue en todas formas verídica. Y así, cada persona salvada por la gracia de Dios, llega a comprobar el significado de la siguiente declaración apostólica: «El cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación» (Ro. 4:25).
El cristiano resucitará, porque Cristo resucitó.
LA MUERTE DE JESUS
LA MUERTE DE JESÚS
Sin duda, la venida de Jesús constituye un hecho histórico registrado. Aparte de los manuscritos del NT, también en algunos documentos del primer siglo (de historiadores: Tácito, Suetonio, Flavio Josefo –judío–, y de ciertos escritos rabínicos contemporáneos) se recogieron algunos de los hechos y circunstancias históricas que acontecieron, y en tales escritos se hallaron referencias de aquel inconfundible personaje llamado Jesús, el Cristo. Ciertamente la vida y obra de Jesús ha resonado desde sus inicios y a través de los siglos, llevando un carácter único, y repercutiendo decisivamente en la vida de innumerables personas.
Ahora, si centramos nuestra vista en el escenario histórico de la muerte de Cristo, notaremos que con la crucifixión de Jesús pareció terminarse toda esperanza. Y, por momentos, la tristeza de su muerte invadió el alma de muchos seguidores que durante años habían recibido sus enseñanzas... Pensando bien en aquellas circunstancias especiales, ¿quién podía creer en el anuncio de un Cristo que murió como cualquier delincuente? ¿Quién estaría dispuesto a recibir el mensaje de un Rey coronado de espinas, cuyo trono fue una maldita cruz? Desde luego, un Mesías fracasado no poseía ningún atractivo para el mundo... Ésta era esencialmente la imagen que planeaba sobre las mentes de aquellos discípulos los días previos a su aparición. Pese a toda confusión momentánea, la muerte de Cristo fue necesaria para expiar nuestros pecados. Si bien, lo maravilloso es saber que Jesús no sólo murió y fue sepultado, sino que además resucitó. Y fue precisamente la resurrección de Cristo, de la que hablaremos a continuación, la esperanza que impulsó el inicio y el desarrollo de la Cristiandad, hasta hoy.
Es preciso distinguir la importancia de su muerte, porque el sufrimiento que Jesús experimentó, no se debió sólo al dolor físico de aquellos clavos que traspasaron sus manos y pies, o a la cruel tortura que soportó anterior a la cruz. Tal padecimiento fue, con todo, la causa directa de aquel terrible desamparo que Jesús vivió por parte del Padre celestial: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Mt. 27:46). Ya hemos considerado anteriormente el alcance de su angustia, sólo comparable al mayor grado de sufrimiento que pudiera imaginarse en la condenación eterna. El significado de la muerte de Jesús es bastante conciso: porque Dios es santo, y no puede tener ninguna relación con el pecado, tuvo necesariamente que apartarse de su Hijo. Y así fue como en la cruz el Padre cargó en él los pecados de la Humanidad. Con amor inigualable, Jesús soportó en nuestro lugar el justo castigo divino. «Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Ro. 5:8).
La crucifixión de Cristo es el centro neurálgico del cristianismo, y sin ella el plan de la Salvación sería del todo ineficaz. Su obra en la cruz satisfizo cada una de las demandas de la Ley de Dios, puesto que nos era y todavía no es imposible de cumplir. «Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras» (1 Co. 15:3). De esta manera, la muerte del Jesús histórico, como sacrificio por los pecados del hombre, se realizó una vez y para siempre (He. 10:12). Y hoy, toda persona que así lo quiera, puede llegar a ser cristiano sobre la perfecta obra de salvación que Jesucristo realizó en la Cruz por amor a nosotros.
La muerte de Cristo constituye la vida del cristiano.
OBRA DE JESUCRISTO
La obra de Jesucristo
Anteriormente reflexionábamos sobre la Revelación de Dios escrita, que es la Biblia, viendo el destino final de la Humanidad que ella misma nos presenta... Ahora corresponde considerar la mayor revelación que existe de Dios en persona: Jesucristo. «Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo» (He. 1:1,2).
Como ya hemos hecho notar, según revela la Sagrada Escritura, todos nacemos pecadores y vivimos apartados de Dios. Por esta razón fue necesario que en representación de la Humanidad, un hombre perfecto y sin pecado, pudiera pagar por nuestras rebeliones, y dejar así abierto el camino para la reconciliación con el Creador. Esta mediación especial, producto del amor de Dios hacia este mundo perdido, se hizo efectiva en Jesucristo, quien a su vez estableció el puente entre Dios y el hombre: «Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre» (1 Ti. 2:5). Luego, la persona de Cristo se convierte en el centro de la vida, y su mensaje conforma el núcleo de la propia existencia cristiana. Jesús mismo se definió como el camino vivo y verdadero que nos lleva al Padre celestial: «Yo soy el camino, la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí» (Jn. 14:6). Observamos en el texto que Jesús es el camino, no un camino entre otros muchos; la verdad, no una verdad cualquiera; y la vida, no una moral diferente y mejor que las otras. De manera que el llamado «cristianismo» no es un sistema religioso basado en presupuestos humanos, sino Cristo mismo. A la verdad, sin la obra de Jesucristo es completamente imposible que el hombre alcance la salvación eterna, y por ende llegue a recibir la posición de cristiano. Al mismo tiempo, la unión espiritual con Cristo es la condición esencial que determina la redención de todo pecador convertido. No existe, por lo tanto, ningún otro salvador que no sea Jesucristo. Él es el autor y consumador de nuestra fe, como bien cita Hebreos 12:2.
La Historia ha reconocido la existencia de Jesucristo, y hasta hoy permanece un testimonio universal que en ningún caso es posible rebatir. Si valoramos la opinión pública, prácticamente todo el mundo acepta la realidad histórica de Jesús, y la inmensa mayoría parece tener buena opinión de él, independientemente de su ateismo o de la religión que profese. Con todo, la venida de Jesucristo a la tierra no fue un hecho casual y desprovisto de significado. Por el contrario, tenía un propósito muy especial. A saber, el hombre había pecado contra Dios y debía pagar por su desobediencia. Y para resolver esta deuda con Dios vino su Hijo, quien obedeció la perfecta Ley en su totalidad, para que sin culpa alguna pudiera ponerse en lugar del ser humano. Él fue nuestro representante, pues tomó en su propio ser el castigo de nuestros pecados, y asumió el justo Juicio de Dios que definitivamente toda persona merece sin excepción. «Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios» (1 P. 3:18).
Para hacer posible nuestra salvación irrumpió Cristo en la Historia; y su entrada en este mundo fue profetizada por miles de años. Con esta previsión, Dios predestinó una nación: Israel; un linaje: la tribu de Judá; un gobierno imperial: el Imperio Romano; un pueblo particular: Belén; una casta: el reinado de David; e inclusive muchas de aquellas circunstancias personales que rodearon la figura de Jesús, y que contenían un significado especial en el plan de la Salvación. Todo estaba minuciosamente planificado por Dios. Esto explica que cientos de profecías se hayan cumplido en Jesucristo, así como en los pequeños acontecimientos que le envolvieron, desde el lugar de nacimiento: Belén de Judá (Mi. 5:2), hasta el más mínimo detalle: «sobre sus ropas echaron suertes» (Sal. 22:8).
La venida de Jesucristo a la tierra establece el periodo de inflexión histórica, con tal magnitud que el tiempo quedó dividido en nuestro calendario. Así, cuando ponemos fecha a los acontecimientos históricos, debemos citar: antes o después de Cristo. Puede decirse, con todo conocimiento, que con la venida de Cristo comienza una nueva etapa donde el reino de Dios se universaliza en la misma historia de la Humanidad.
En cuanto a la venida de Jesucristo, comprendamos en su dimensión correcta quién fue realmente, porque si bien fue perfecto hombre, también es presentado en la Biblia como perfecto Dios. Jesús, en calidad de humano, nació de la virgen María; en cambio, en calidad de Dios, vino desde el cielo. Por ello pudo afirmar: «He venido para que tengan vida» (Jn. 10:10). «He venido a buscar y salvar» (Lc. 19:10). He venido... Jesucristo vino por ser Dios, pero por otra parte nació para ser hombre; y en Él conviven dos naturalezas: la divina y la humana, siendo un misterio escondido para nuestra mente, y revelado sólo por el Espíritu de Dios. Esta formulación doctrinal es categórica para el cristiano. Dios se hizo hombre, y así lo demuestran las Sagradas Escrituras: «Dios fue manifestado en carne» (1 Ti. 3:16). «De quienes son los patriarcas, y de los cuales, según la carne, vino Cristo, el cual es Dios sobre todas las cosas» (Ro. 9:5). «Éste (Jesús) es el verdadero Dios, y la vida eterna» (1 Jn. 5:20).
Resumiendo lo dicho, podemos recordar que Jesucristo en condición de hombre vino a morir por nosotros, pagando el precio de nuestra salvación. Una vez se completó la perfecta obra en la Cruz, hoy Jesús se presenta con poder para redimir a todo pecador arrepentido, ya que no en vano es Dios y Salvador. Cada segundo que pasa es una oportunidad, antes de que se descubra el final de los tiempos. El mismo Señor extendió la invitación a todo hombre y mujer, quedando permanentemente registrada en su Palabra fiel: «Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás» (Jn. 6:35). Sería conveniente preguntarse, cada uno en particular, si ya hemos acudido a Jesucristo para recibir nuestra salvación personal.
La venida de Jesús puso nombre al Cristianismo.
JESUS DE NAZARET
Jesús de Nazaret
Este artículo trata sobre Jesús de Nazaret como personaje histórico. Para más información desde el punto de vista religioso, véanse Isa (Jesús de Nazaret) y Cristo.
Aunque no existen retratos de Jesús ni indicaciones acerca de su aspecto físico, son muy frecuentes sus representaciones en el arte. Jesús con la cruz a cuestas, por el Greco.
Mosaico con una representación de Jesús de Nazaret, existente en la antigua Iglesia de Santa Sofía (Estambul), fechada cerca de 1280.
Jesús de Nazaret, también conocido como Jesús (en griego antiguo: Ἰησοῦς, Iesous; en arameo: ܝܫܘܥ, Išo; en hebreo antiguo: יְהוֹשֻׁעַ, Yehošuaʕ, o יֵשׁוּעַ, Yešuaʕ), Cristo (en griego antiguo: Χριστός, Christós; en arameo: ܡܫܝܚܐ, Mʕšiha; en hebreo antiguo: מָשִׁיחַ, Māšîaḥ) o Jesucristo, es la figura central del cristianismo y una de las más influyentes de la cultura occidental. Según la opinión mayoritariamente aceptada en medios académicos, basada en una lectura crítica de los textos sobre su figura,1 Jesús de Nazaret fue un predicador judío2 que vivió a comienzos del siglo i en las regiones de Galilea y Judea, y fue crucificado en Jerusalén en torno al año 30, bajo el gobierno de Poncio Pilato.
Para la mayoría de las denominaciones cristianas, es el Hijo de Dios y, por extensión, la encarnación de Dios mismo. Su importancia estriba asimismo en la creencia de que, con su muerte y posterior resurrección, redimió al género humano. El judaísmo niega su divinidad, que es incompatible con su concepción de Dios. En el islam, donde se lo conoce como Isa, es considerado uno de los profetas más importantes.
Lo que se conoce de Jesús depende casi exclusivamente de la tradición cristiana —aunque se le menciona en fuentes no cristianas—,3 especialmente de la utilizada para la composición de los evangelios sinópticos, redactados, según opinión mayoritaria, unos treinta o cuarenta años, como mínimo, después de la muerte de Jesús. La mayoría de los estudiosos considera que mediante el estudio de los evangelios es posible reconstruir tradiciones que se remontan a contemporáneos de Jesús, aunque existen grandes discrepancias entre los investigadores en cuanto a los métodos de análisis de los textos y las conclusiones que de ellos pueden extraerse.
Jesús en el Nuevo Testamento
Lo que figura a continuación es un relato de la vida de Jesús tal y como aparece en los cuatro evangelios incluidos en el Nuevo Testamento, considerados libros sagrados por todas las confesiones cristianas. El relato evangélico es la fuente principal para el conocimiento de Jesús, y constituye la base de las interpretaciones que de su figura hacen las diferentes ramas del cristianismo. Aunque puede contener elementos históricos, expresa fundamentalmente la fe de las comunidades cristianas en la época en que estos textos fueron escritos, y la visión que por entonces tenían de Jesús de Nazaret.
Nacimiento e infancia
La Sagrada Familia (José, María y Jesús, con Isabel y su hijo Juan el Bautista, parientes de Jesús según el Evangelio de Lucas. Pintura de Rafael, 1507.
Los relatos referentes al nacimiento e infancia de Jesús proceden exclusivamente del Evangelio de Mateo (1,18-2,23) y del de Lucas (1,5-2,52).4 No hay relatos de este tipo en los evangelios de Marcos y Juan. Las narraciones de Mateo y Lucas difieren entre sí:
- Según Mateo, María y su esposo, José, viven (según parece, pues no se relata ningún viaje)5 en Belén. María queda inesperadamente embarazada y José resuelve repudiarla, pero un ángel le anuncia en sueños que el embarazo de María es obra del Espíritu Santo y profetiza, con palabras del profeta Isaías,6 que su hijo será el Mesías que esperan los judíos.7 Unos magos de Oriente llegan a Jerusalén preguntando por el «rey de los judíos que acaba de nacer» con la intención de adorarlo, lo que alerta al rey de Judea, Herodes el Grande, que decide acabar con el posible rival. Los magos, guiados por una estrella, llegan a Belén y adoran al niño. De nuevo, el ángel visita a José (Mt 2,13)8 y le advierte de la inminente persecución de Herodes, por lo que la familia huye a Egipto y permanece allí hasta la muerte del monarca (de nuevo notificada a José por el ángel, que se le presenta por tercera vez: Mt 2,19-29).9 Entonces, José se instala con su familia en Nazaret, en Galilea.10
- En el Evangelio de Lucas, María y José viven en la ciudad galilea de Nazaret. La historia de la concepción de Jesús se entrelaza aquí con la de Juan el Bautista ―ya que en este evangelio María e Isabel, madre del Bautista, son parientes― y el nacimiento de Jesús es notificado a María por el ángel Gabriel (lo que se conoce como Anunciación: Lc 1,26-38).11 El emperador Augusto ordena un censo en el cual cada uno debe empadronarse en su lugar de nacimiento y José debe viajar a Belén, por ser originario de este lugar. Jesús nace en Belén mientras se encuentran de viaje y es adorado por pastores. Lucas añade además breves relatos sobre la circuncisión de Jesús, sobre su presentación en el Templo y su encuentro con los doctores en el Templo de Jerusalén, en un viaje realizado con motivo de la Pascua, cuando contaba doce años.12
En los evangelios de Mateo y de Lucas aparecen sendas genealogías de Jesús (Mt 1, 2-16; Lc 3, 23-38).13 La de Mateo se remonta al patriarca Abraham, y la de Lucas a Adán, el primer hombre según el Génesis. Estas dos genealogías son idénticas entre Abrahán y David, pero difieren a partir de este último, ya que la de Mateo hace a Jesús descendiente de Salomón, mientras que, según Lucas, su linaje procedería de Natam, otro de los hijos de David. En ambos casos, lo que se muestra es la ascendencia de José, a pesar de que, según los relatos de la infancia, este solo habría sido el padre adoptivo de Jesús.
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