martes, 4 de abril de 2017

LA MUERTE DE JESUS

LA MUERTE DE JESÚS

Sin duda, la venida de Jesús constituye un hecho histórico registrado. Aparte de los manuscritos del NT, también en algunos documentos del primer siglo (de historiadores: Tácito, Suetonio, Flavio Josefo –judío–, y de ciertos escritos rabínicos contemporáneos) se recogieron algunos de los hechos y circunstancias históricas que acontecieron, y en tales escritos se hallaron referencias de aquel inconfundible personaje llamado Jesús, el Cristo. Ciertamente la vida y obra de Jesús ha resonado desde sus inicios y a través de los siglos, llevando un carácter único, y repercutiendo decisivamente en la vida de innumerables personas.
Ahora, si centramos nuestra vista en el escenario histórico de la muerte de Cristo, notaremos que con la crucifixión de Jesús pareció terminarse toda esperanza. Y, por momentos, la tristeza de su muerte invadió el alma de muchos seguidores que durante años habían recibido sus enseñanzas... Pensando bien en aquellas circunstancias especiales, ¿quién podía creer en el anuncio de un Cristo que murió como cualquier delincuente? ¿Quién estaría dispuesto a recibir el mensaje de un Rey coronado de espinas, cuyo trono fue una maldita cruz? Desde luego, un Mesías fracasado no poseía ningún atractivo para el mundo... Ésta era esencialmente la imagen que planeaba sobre las mentes de aquellos discípulos los días previos a su aparición. Pese a toda confusión momentánea, la muerte de Cristo fue necesaria para expiar nuestros pecados. Si bien, lo maravilloso es saber que Jesús no sólo murió y fue sepultado, sino que además resucitó. Y fue precisamente la resurrección de Cristo, de la que hablaremos a continuación, la esperanza que impulsó el inicio y el desarrollo de la Cristiandad, hasta hoy.
Es preciso distinguir la importancia de su muerte, porque el sufrimiento que Jesús experimentó, no se debió sólo al dolor físico de aquellos clavos que traspasaron sus manos y pies, o a la cruel tortura que soportó anterior a la cruz. Tal padecimiento fue, con todo, la causa directa de aquel terrible desamparo que Jesús vivió por parte del Padre celestial: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» (Mt. 27:46). Ya hemos considerado anteriormente el alcance de su angustia, sólo comparable al mayor grado de sufrimiento que pudiera imaginarse en la condenación eterna. El significado de la muerte de Jesús es bastante conciso: porque Dios es santo, y no puede tener ninguna relación con el pecado, tuvo necesariamente que apartarse de su Hijo. Y así fue como en la cruz el Padre cargó en él los pecados de la Humanidad. Con amor inigualable, Jesús soportó en nuestro lugar el justo castigo divino. «Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Ro. 5:8).
La crucifixión de Cristo es el centro neurálgico del cristianismo, y sin ella el plan de la Salvación sería del todo ineficaz. Su obra en la cruz satisfizo cada una de las demandas de la Ley de Dios, puesto que nos era y todavía no es imposible de cumplir. «Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras» (1 Co. 15:3). De esta manera, la muerte del Jesús histórico, como sacrificio por los pecados del hombre, se realizó una vez y para siempre (He. 10:12). Y hoy, toda persona que así lo quiera, puede llegar a ser cristiano sobre la perfecta obra de salvación que Jesucristo realizó en la Cruz por amor a nosotros.
La muerte de Cristo constituye la vida del cristiano.

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